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sábado, octubre 24, 2020

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Aquel que no jugó chiptas, no tuvo infancia en Huaraz

La memoria me transporta a febrero del 74, las vacaciones en su esplendor, un sábado por la tarde, con el tímido sol que al oeste se empieza a ocultar, niños jugando frente a mi casa. El bullicio de las quejas y reclamos no permitía entenderse unos a otros, todos inclinados mirando fijamente al piso. Algunos posando las rodillas en la tierra polvorienta y las manos callosas con los bolsillos repletos de canicas «lecheritas» y otras solo transparentes; unos con rostros alegres por el triunfo a cuestas y otros preocupados por ver disminuir el volumen de sus bolsillos.

Entre los niños agazapados por el tumulto y las miradas fijas al piso, con las manos y uñas cubiertas de tierra, con las rodillas polvorientas, y los bolsillos llenos de capital para el juego, estaba: yo, marcando en el piso con el dedo  índice los límites de un triángulo equilátero al cual llamábamos “casa” el cual servía para retar a cuantos deseaban participar del juego.

Canicas (chiptas) lecheras
Canicas del tipo lecheritas

Debíamos  depositar por “cabeza”, es decir por persona; una, dos o tres canicas, según sea el acuerdo, en el centro del triángulo; y si la apuesta convenida era “pelish” (negativos de rollos de películas cortadas en unidades de fotografía ) o monedas de 10 céntimos y en algunos casos de 20 céntimos,  eran cubiertos por porciones de tierra para que el viento no permita el desplazamiento de las apuestas, seguidamente se marcaba una línea a tres pasos de la “casa” o triangulo, desde el cual se daba inicio al juego, por supuesto  la línea de demarcación  también  se hacía con el dedo índice en la tierra.

Desde esta línea se lanzaba la canica con la cual se debía jugar hasta un punto más cercano a la base del triángulo, para establecer los turnos de los jugadores.

Y las horas transcurrían y las gotas de la siempre inoportuna lluvia se hacían notar. De pronto, una familiar y estremecedora voz que provenía desde mi casa desconcentraba mi atención, que decía: “Kikoo” (primera llamada); kikoooo” (segunda llamada) y kikoooooooo, ¿cómo? ¿No escuchas? “(tercera llamada), era la melodiosa y angustiada voz de mi Madre. Era inapelable e inobjetable. Definitivamente dejaba todo y volaba a casa…

¡Recordar es sentir que vivimos!

Raúl Caldas Villanueva

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